Assilah, la medina de las compras tranquilas

Texto y fotos: Javier Leralta

Assilah es una ciudad atlántica con alma mediterránea. Su luz, sus colores, sus callejas, su puerto, sus rincones de macetas y brisas, todo son tatuajes que traslada al visitante a una aldea de Baleares o del Egeo. Situada entre Tánger y Rabat, cuenta con extensas playas y un rico pasado comercial que impregna la medina de aroma marino y artesano.

Dejamos el coche al pie del puerto, junto a la robusta torre cuadrada, vestida de blanco manuelino que recuerda su pasado portugués, los vecinos del norte que amurallaron la villa en el siglo XV cuando a bordo de una flota de 450 navíos se apoderaron de Assilah y la convirtieron en un importante centro comercial. Fundada por los fenicios con el nombre de Zilis, pasó por manos normandas, mauritanas y romanas hasta que los árabes hispanos la reconstruyeron a fines del siglo X.


Nos cuentan que luego llegaron los españoles y un tal Mulay Ismail y más tarde un bandido de nombre Raisuli que se hizo el dueño de la villa a principios del siglo pasado. De aquel oscuro pasado queda un palacio con su nombre que ahora es un centro cultural. Nada más atravesar Bab el Bhar, el arco del torreón, descubrimos una ciudad blanca, azul, verde, con paredes pintadas con murales, limpia, tranquila, sin las prisas de los mercados y bazares de Fez, Meknes o Marrakech. Assilah es todo lo contrario. Una medina peatonal, ajena a las compras compulsivas, una pequeña ciudad que nos recibe con calma y sosiego, con la relajación que imprimen las olas, sin el agobio de los calores del desierto, con la hospitalidad marroquí, pero sin la presión de los vendedores que esperan pacientemente la decisión del comprador.



Nos perdemos por sus estrechas callejas y descubrimos una villa marinera que vive del silencio, del turismo tranquilo, cultural y universitario. Callejones de suelo azul índigo sin salida, de plantas mediterráneas, de puertas y dinteles de colores suaves, de talleres artesanos, de vendedores de babuchas y alfombras y artesanía y joyas y cerámica. En Assilah el regateo es un oficio de dialogo, de hablar y hablar y hablar, de preguntar, de ver, de sentarse, de reposar.

Dejamos atrás el palacio de Raisuli dedicado a fines culturales y nos acercamos al extremo suroeste, al mirador de Caraquia para ver la puesta del sol, un faro natural que avisa a los navegantes del turismo que Assilah también es una ciudad de noche. Magnífica acuarela para despedir el día con vistas del mar y de la medina. La brisa, el oleaje y las luces de la ciudad arropan al viajero que se ve envuelto en una extraña lucha entre las ganas por seguir descubriendo la villa y el deseo de esperar a que la madrugada y el sueño le empujen a la cama.

Apostamos por la primera idea y nos sentamos en un café, junto a la muralla que abraza la vieja medina, y allí perdemos la noción del tiempo en compañía de un vaso de té a la menta. Terminamos el día en un pequeño restaurante donde probamos lo mejor del lugar, la cocina marinera, angulas de Loukkos y un amplio surtido de pescados y mariscos. Todo tranquilo y en el mejor ambiente posible, con la calma y la tranquilidad que transmite la población de Assilah.




 

Entre plato y plato nos recomiendan más lugares: el zoco de los jueves, que rompe la calma urbana; el tradicional mercado de Ahfir, envuelto en fragancias de frutas, verduras y especias; el paseo marítimo de Moulay El Hassan; sus extensas playas y las coloristas fiestas de agosto, llenas de encanto musical, todo un placer para volver a la ciudad tranquila.-

+ info: www.assilah.com - www.descubremarruecos.com


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