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Chauén, el laberinto azul

Texto y fotos: Javier Leralta

La creación de Chefchaouen o Chauén, como se pronuncia popularmente, fue una consecuencia de la expulsión y huída de miles de andalusíes y moriscos tras la conquista de Granada en 1492. Allí, en las montañas del Rif, que miran a dos mares, se levantó una medina blanca y añil como los caseríos de las Alpujarras y la serranía de Ronda. Nos cuentan que durante siglos su aislamiento entre cerros y picos que superan los dos mil metros, fomentó entre sus pobladores un fanatismo alejado de otras corrientes más abiertas y tolerantes.

Pero el tiempo todo lo cambia. Retomó su pasado hispano en los años veinte del siglo anterior durante la guerra del Rif y hoy se ha convertido en una delicia urbana que muestra con esplendor la obra humana y el trabajo de la naturaleza. Sí, porque Chauén es sobre todo un pueblo de montaña, una aldea africana acariciada por los vientos de Levante, bien protegida por gigantes calcáreos, una aldea de 50.000 almas que mezcla pasado andalusí y costumbres mestizas donde el árabe y el español conviven en armonía, en paz.



Un paseo por la medina azul

Su medina es el principal reclamo viajero y dentro de ella la casba del siglo XV y el palacio del siglo XVII. Por sus empinadas calles suben y bajan turistas organizados, viajeros improvisados, comerciantes, alfareros, mochileros que buscan conocimiento, una foto de recuerdo y un camino que les aparte del bullicio del zoco. Chauén es un crisol de dos mundos unidos por una cultura común, la mediterránea. Un pasado conjunto que aún se respira en sus calles y plazuelas encaladas, dicen que para espantar los calores y las moscas. Hombres con chilabas, mujeres con manteles rifeños a rayas, turistas con cámaras digitales a cuestas, amigos del comercio y la sonrisa en los labios.

Parece que una población comercial que vive del turismo no puede ser hospitalaria y agradecida porque las compras cambian las relaciones, pero Chauén lo es, rica en dar y explicar su pasado. Si va con ganas de comprar elija objetos auténticos, autóctonos, propios del lugar como las mantas de algodón, los objetos de madera pintada o la célebre alfarería femenina, jarras destinadas para conservar el agua, el aceite o el grano, simples y coloristas.

En cada pequeño barrio encontramos una pequeña mezquita, un horno público y un hamman. Chauén es el típico pueblo que crea adicción por el paseo. Podemos pasar varias veces por un mismo rincón y cada vez es diferente. Tal vez por las luces y sombras, por los personajes, por las tiendas y puestos callejeros, por la hora, el caso es que su entramado urbano y su sosegado bullicio engancha de tal manera que los pies no permiten una pausa. Se puede comprobar en la plaza de Outa el Hamman, la plaza principal, con vegetación de alta montaña, epicentro de la medina, donde urbanismo y naturaleza compiten por la mejor fotografía. Allí, sentados en compañía de un vaso de té podemos ver pasar las horas sin que el reloj ni el estómago nos impongan la dictadura del estrés de las grandes urbes.

La mirada se pierde por las murallas de la casba, del último tercio del siglo XV, levantado en tiempos de la guerra santa contra los portugueses, de once torres de vigilancia y una gran escalera que permite alcanzar el paseo de ronda que abraza el recinto por el sur. Y dentro encontramos un buen jardín y un rico museo de tradiciones de la región de Jebala que muestra una completa colección de cerámica, joyas, instrumentos musicales, bordados, armas y fotografías de trajes típicos. Y al lado queda la Gran Mezquita, de alminar octogonal y magnífico patio, discreto y ajeno al tumulto que lo rodea.



El abrazo de la muralla y la palabra

Toda la medina está abrazada por una muralla irregular, levantada de diferentes materiales y con técnicas distintas. Con puertas que merecen una mirada y su minuto de gloria como las de Bab Souk, cerca del cementerio, la de Bab el Ain, la principal y más animada, y la de Bab el Ansar, en el extremo este de la medina. La muralla separa la parte comercial de la zona tranquila y pausada.

Y después del aluvión de compras, del placer de la contemplación, ¿qué nos queda?. En Chauén nos queda la palabra, el agradecimiento, un pasado común que se reparte por estas montañas de abetos y cedros, de casas blancas y azules, estrechas calles y tiendas. Cerca de la casba conocimos a Alí Raiguni, un profeta de su tierra, un maestro de la oratoria, experto en ciencias islámicas y cultura hispánica, amigo de los amigos, que con hospitalidad y buenas razones nos explicó que el Mediterráneo nunca debió ser una frontera natural sino una puerta abierta al conocimiento y a la tolerancia. Todos hemos heredado la misma cultura y todos estamos obligados al entendimiento. Nuestro pasado común nos obliga a ello.

 


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