Las otras campanadas Reportaje publicado por Javier Leralta en la revista Ilustración de Madrid nº 10 invierno 2008-2009 Fotos: Javier y Aitana Leralta La mayoría tienen buena hora y forman parte del desconocido paisaje urbano que tanto sorprende cuando levantamos la cabeza y miramos más allá de un balcón o del dintel de una puerta. Tienen el cuerpo joven pero la cara mayor. Ahora son eléctricos y funcionan gracias a las órdenes que les envía un reloj patrón instalado en el interior del edificio. Algunos de ellos están conectados mediante antenas de radio a estaciones distantes a miles de kilómetros y cuentan con dispositivos especiales de memoria que les permiten recuperar el tiempo perdido en caso de avería e incluso regular los cambios oficiales de hora. Son algunos de los cerca de treinta relojes de torre y fachada que adornan los edificios del viejo Madrid. Son los relojes que dan las otras campanadas de Madrid. |
Reloj de Atocha |
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Las
horas perdidas
Del primero ya hay noticias de ordenar su arreglo en 1480 y de la construcción de uno nuevo por el maestro Luis de Sahagún en 1544, reloj que fue sustituido por otro un siglo después. Del segundo sabemos que una vez derribada la puerta en tiempos de Felipe II por culpa de un incendio, el ingenio se trasladó definitivamente a la parroquia de Santa Cruz (el actual es de 1985), en la plaza homónima, frente a la cárcel de Corte (hoy Ministerio de Asuntos Exteriores) donde cumplió una función lúdica importante: la de avisar del reparto de localidades para las corridas de toros de la Plaza Mayor. Madrid se llenó después de artilugios de torre repartidos, principalmente, por edificios religiosos. Los madrileños podían conocer la hora con tan sólo mirar las fachadas y campanarios del convento de Trinitarios, en la confluencia de las calles de Atocha y Relatores, cerca de San Sebastián, templo que también daba la hora, al igual que el hospital del Buen Suceso y el convento de San Felipe el Real, en la Puerta del Sol, la iglesia de San Martín, junto a las Descalzas Reales, y el convento del Espíritu Santo, levantado en el solar del Congreso de los Diputados. Otro reloj de fama legendaria fue el de San Plácido, en la calle del Pez, que marcó los impulsos amorosos de Felipe IV y una noble doncella que estudiaba para monja y que la abadesa del convento protegió fingiendo su muerte.
La hora oficial
Junto
con el reloj de la capilla del Palacio Real de El Pardo
es el más antiguo de Madrid, no hay dudas. Su antigüedad
lo confirma un detalle: el reloj del Palacio Real sólo tiene
la saeta de las horas porque en aquellos tiempos los minutos eran irrelevantes.
Pero la ciencia avanzaba y la ciudad contaba con dos buenos centros
de enseñanza, la Fábrica de Relojería de San Bernardino
y la Real Escuela de Relojería de la calle de Fuencarral, de
vida efímera. Más antiguo en su emplazamiento que no en su construcción es el reloj de la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor, instalado en 1674, obra de Francisco Filipín y Juan de la Puente, máquina de mala fama durante un tiempo porque la gobernaba un vecino del inmueble y pocas veces decía la verdad. El problema quedó solucionado cuando el maestro relojero ocupó el cuarto situado bajo el reloj y pudo darle cuerda convenientemente. El actual modelo se instaló a finales de 1996 y entretiene el paseo de los viandantes al compás de pasacalles, chotis y verbenas. Otro
reloj municipal de menor popularidad es el de la vieja Casa
de la Villa, colocado en lo más alto de la calle Mayor.
El antiguo fue el de San Salvador, mejorado con una
esfera nueva a mediados del siglo XIX, y el actual es eléctrico
y está conectado a un reloj patrón que manda las órdenes
a un carillón instalado en 1986 desde donde anuncia las horas
de la manera más castiza. Ahora la nueva casa de la villa se
llama Palacio de Cibeles y luce desde mayo de 1957
un reloj de tres caras de acero de más de 2,6 metros de diámetro
y agujas que superan el metro de longitud. Le costó al Ministerio
de Gobernación trescientas mil pesetas de las de entonces. Durante
muchos años el toque de las 14:30 marcaba la hora del parte de
Radio Nacional, la hora oficial de España.
Buenos vecinos tiene el reloj de Correos; enfrente coquetea con el del Banco de España, uno de los pocos supervivientes del siglo XIX que fue fabricado en 1890 por la empresa inglesa David Glasgow e instalado al año siguiente en su actual lugar. Conserva su primitiva maquinaria, hecha con bronce de cañón, su péndulo de cien kilos de peso, sus tres campanas y su cuerda de seis metros larga. Es el único reloj de sonería que señala en cada cuarto la hora correspondiente y durante la guerra estuvo protegido con sacos de arena. También enfrente, pero al otro lado de la calle de Alcalá, esquina con Barquillo, encontramos el reloj del Instituto Cervantes (antigua sede del Banco Central Hispano), eléctrico con carillón de 1989 que anuncia las horas al ritmo de la Verbena de la Paloma y otros temas. Tuvo una maquinaria anterior cuyo sonido hubo que descompasar para que las campanadas no coincidieran con las señales horarias de Correos y del Banco de España.
El
de la fachada está acompañado de cuatro medallones que
representan la Industria, el Comercio, la Agricultura y la Navegación.
El otro reloj es el de la Puerta del Sol, instalado
el 6 de noviembre de 1866 en honor de Isabel II que sustituyó
a otros anteriores que engañaban a los madrileños por
su mal funcionamiento. Fue un regalo del prestigioso relojero José
Rodríguez Losada, con taller en Londres, que avisa del cambio
de año desde 1916 y que ha sido utilizado para todo: para fijar
la hora de salida de las diligencias, de los viejos coches de alquiler
cuando eran tomados por los viajeros y hasta para invitar al propio
Alfonso XIII a pasar la nochevieja de 1930 mezclado entre el pueblo
poco antes de su exilio en Roma. Es de los pocos relojes de cuatro esferas
de la ciudad... continúa el reportaje en la revista Ilustración de Madrid |
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